Publicado: Mar, Mar 17th, 2026

Freixenet deja de ser española: Henkell compra el 100 % de la compañía

Freixenet ya no pertenece a quienes la hicieron. Y aunque sobre el papel se trate solo de una compraventa —el grupo alemán Henkell ha adquirido el 100% de la compañía—, en el fondo la sensación es más parecida a una despedida. Quizás ha llegado el momento de comprar solo a las pequeñas empresas del sector cava con capital 100% español.

Freixenet Cavas Sant Sadurni

Durante más de cien años, la marca fue algo más que una empresa. Fue una historia familiar, construida a base de herencias, pérdidas, guerras y reconstrucciones. Desde aquellos viñedos arrasados por la filoxera hasta las campañas de Navidad que se convirtieron en parte de la memoria colectiva, Freixenet creció como crecen las cosas que tienen raíces: despacio, con identidad.

Esa identidad no era casual. Estaba ligada a apellidos —Ferrer, Bonet, Hevia—, a generaciones que tomaban decisiones no solo pensando en vender más, sino en mantener un legado. Incluso cuando en 2018 entró el capital alemán, todavía quedaba esa sensación de equilibrio, de que la esencia seguía, de algún modo, protegida.

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Ahora ya no. Con la venta total, la empresa pasa a ser completamente alemana. Y aunque se hable de acuerdos amistosos, de visión compartida o de futuro sostenible, hay algo que cambia inevitablemente: la manera de mirar el cava.

Porque para una multinacional extranjera, el cava es, ante todo, un producto. Uno que debe crecer, competir y generar beneficios. Pero para quienes lo han vivido desde dentro, es otra cosa: es territorio, es clima, es una forma de trabajar que no siempre responde a la lógica de la rentabilidad inmediata.

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Y ese contraste pesa más en un momento especialmente delicado. El Penedès sufre una sequía histórica, la producción de uva cae, y la empresa ya ha planteado medidas que afectan a buena parte de su plantilla. En medio de esa fragilidad, el cambio de manos no se siente como un impulso, sino como una pérdida de control.

No se trata de negar que la empresa pueda seguir funcionando o incluso crecer. Probablemente lo haga. Pero hay una diferencia entre seguir existiendo y seguir siendo lo mismo.

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Freixenet seguirá vendiendo botellas, seguirá estando presente en celebraciones. Pero ya no será, del todo, aquella empresa nacida de una tierra concreta, de unas familias concretas, de una forma muy particular de entender el tiempo y el vino.

Y quizá eso es lo que deja un poso más amargo: no el cambio en sí, sino la sensación de que algo profundamente propio ha pasado a manos de alguien que, aunque lo gestione bien, difícilmente lo sentirá igual.

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